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Queridos diocesanos

Los meses de verano se asocian normalmente a una actividad humana propia de nuestro tiempo: las vacaciones. La economía actual marca a las personas, en edad laboral y con salud, una clara distribución de su calendario en momentos de ocupación laboral y en momentos de descanso o vacación.

No olvidemos, sin embargo que no todo el mundo goza de vacaciones. Trabajadores en paro, enfermos, familias en economía de subsistencia, pensionistas humildes... son ejemplos de personas que no pueden tener vacaciones. Una cultura influida por la industria del ocio y del pasatiempo no debe olvidar a quienes viven estas situaciones. Tampoco conviene entender separados el trabajo y las vacaciones. Algo falla cuando se identifica el trabajo con una actividad que despersonaliza y las vacaciones con el deseo de evasión. Desde una comprensión correcta del ser del hombre, el trabajo es un ejercicio de sus facultades que le permiten ser creativo; y el verdadero descanso es saber escoger una actividad que sosiegue y humanice la vida.
Lo propio de las vacaciones es poder realizar otro tipo de actividad, como son las ‘actividades recreativas', destinadas a recomponer el espíritu humano mediante el descanso, la lectura, el conocimiento de otras gentes y culturas, el cultivo de las relaciones de familia, la amistad compartida o la contemplación de la naturaleza.

Entre esas actividades, una de las más frecuentes es el turismo: viajar a otros lugares para conocer otras regiones y otros pueblos. La experiencia humana corrobora que abandonar el lugar habitual y abrirse a nuevos territorios tiene algo de purificación de la mirada, ya que nos permite recuperar la admiración por las cosas y reconocer, reconciliados con nosotros mismos, nuestra propia pequeñez e indigencia. El turismo puede repercutir para bien en las culturas y los pueblos. En vez de encerrarnos en nuestra propia cultura, estamos llamados, hoy más que nunca, a abrirnos a los otros pueblos, dejándonos confrontar con modos de pensar y de vivir diversos. El turismo es una ocasión favorable para el diálogo entre las civilizaciones, porque promueve el conocimiento de las riquezas específicas que distinguen a una civilización de otra, favorece una memoria viva de la historia y de sus tradiciones sociales, religiosas y espirituales, y una profundización recíproca de las riquezas en la humanidad.

Las vacaciones son finalmente una oportunidad para humanizarse de manera más gratuita, contemplativa y profunda. Es un tiempo propicio para la reflexión y la búsqueda de respuestas a los grandes interrogantes de nuestra existencia: ¿quién soy, de dónde vengo, por qué vivo, para quién vivo? Para ello hemos de propiciar los momentos de silencio exterior e interior. Es ahí y sobre todo en el silencio interior, donde uno se encuentra consigo mismo y se llega a percibir la voz de Dios, capaz de orientar nuestra vida. Vivimos en una sociedad en la que cada espacio, cada momento parece que tenga que ‘llenarse' de actividades, de sonidos y de ruidos; a menudo no hay tiempo siquiera para escuchar y dialogar. Sólo desde el silencio fuera y dentro de nosotros, seremos capaces de percibir la voz de Dios, pero también la voz de quien está a nuestro lado, la voz de los demás.

Para todos, mi deseo sincero de unas vacaciones felices

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón