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Queridos hermanos en el Señor: sacerdotes, religiosos y seglares.

 

Hace ya tiempo que el Papa Francisco habla de que estamos viviendo una “guerra mundial a pedazos”. Así, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año nos decía: “Esta violencia que se comete «por partes», en modos y niveles diversos, provoca un enorme sufrimiento que conocemos bien: guerras en diferentes países y continentes; terrorismo, criminalidad y ataques armados impredecibles; abusos contra los emigrantes y las víctimas de la trata, devastación del medio ambiente”.

 

En estos días estamos siendo testigos de terribles atentados terroristas en todas la esquinas del mundo contra víctimas escogidas al azar en muchos casos y, en otros, escogidas por ser cristianos. Estos hechos no nos pueden dejar indiferentes. Pido al Señor que todos nos sepamos llamados a cooperar generosa y activamente en la construcción de la paz en el mundo entre las personas, en las familias, en la relaciones sociales y entre los pueblos y los Estados.

 

La violencia, las guerras o el terrorismo son manifestaciones del mal, al que hay que oponerse: el mal es la ausencia del bien. El papa Francisco nos recordaba en el mensaje citado: “También Jesús vivió en tiempos de violencia. Él enseñó que el verdadero campo de batalla, en el que se enfrentan la violencia y la paz, es el corazón humano: «Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos» (Mc 7,21). Pero el mensaje de Cristo, ante esta realidad, ofrece una respuesta radicalmente positiva: él predicó incansablemente el amor incondicional de Dios que acoge y perdona, y enseñó a sus discípulos a amar a los enemigos (cf. Mt 5,44) y a poner la otra mejilla (cf. Mt 5,39). … Jesús trazó el camino de la no violencia, que siguió hasta el final, hasta la cruz, mediante la cual construyó la paz y destruyó la enemistad (cf. Ef 2,14-16). Por esto, quien acoge la Buena Noticia de Jesús reconoce su propia violencia y se deja curar por la misericordia de Dios, convirtiéndose a su vez en instrumento de reconciliación”.

 

Ser hoy verdaderos discípulos de Jesús significa también aceptar su propuesta de la no violencia. El papa emérito, Benedicto XVI, nos dijo que la violencia “sólo se puede superar contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este ‘plus’ viene de Dios”. Y añadía con fuerza: “para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad. El amor a los enemigos constituye el núcleo de la ‘revolución cristiana'” (Ángelus (18 febrero 2007).

 

Nuestro mundo necesita del Amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús. Por ello, pido a todos los sacerdotes, a las comunidades parroquiales, a los religiosos y religiosas y a los movimientos presentes en nuestra Diócesis, que el próximo jueves día 15 de junio, en el contexto de la Semana de la Caridad en nuestra Diócesis, y tan cerca de la fiesta del Corpus, se eleven a Dios, por medio de su Hijo Jesús, oraciones por la paz. Pido que se realicen gestos concretos de adoración al Santísimo Sacramento, pidiendo a Cristo-Eucaristía que extienda su amor a todos los rincones del mundo.

 

Pidamos especialmente por las víctimas mortales, por los heridos de todos los atentados terroristas y por sus familiares. Pidamos por los gobernantes de todas las naciones, para que acierten a descubrir el camino para la paz entre los pueblos. Y pidamos también por los terroristas y por los violentos para que el Señor Jesús les cambie el corazón.

 

Ruego a los sacerdotes que lean esta carta en las Misas de este Domingo, para que aquellos que no pudieran participar en las distintas iniciativas parroquiales, puedan al menos unirse espiritualmente desde sus hogares o lugares de trabajo.

 

Que la Virgen María, Reina de la Paz, nos lleve a todos al encuentro con su Hijo Jesús, el Príncipe de la Paz.

 

Castellón de la Plana, 9 de junio de 2017

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón