¿DORY ESPERA A GODOT?
Deseo explicar lo más sintéticamente que pueda lo que dice el libro que escribí pensando en mis alumnos , “Los antifaces de Dory”, o, quizás más importante, para explicar por qué dice lo que dice. ¿Cuál es el impulso desde el que nace el libro? Además de eso que dice Aristóteles en el arranque de su Metafísica de que “todos los hombres desean saber por naturaleza”, hay en el caldo de cultivo de este libro otro ingrediente del que me gustaría hablar mínimamente. Se trata de una constatación, de la que se puede deducir mi compromiso con la acción de ordenar y poner por escrito determinadas ideas que la vida, en su multitud relacional de momentos, me ha ido mostrando.
Se trata de la constatación de que mis alumnos –primero fueron bachilleres y ahora universitarios– no se conocen a sí mismos y, no sólo eso, que sería razonable a su edad –recordemos a un Sócrates ya entrado en años que sólo se iniciaba en esa humana tarea -, sino que, además, adolecen de una cierta dificultad para querer conocerse. Recuerdo, por ejemplo, el primer año que di clases en la Universidad. Un grupo de amigos organizamos la presentación de un libro: Dios en el Ritz, del chestertoniano Monseñor norteamericano Lorenzo Albacete. Al acabar la intervención, el autor cedió la palabra al público y ofreció la posibilidad de contestar a las preguntas que su explicación hubiese suscitado. Una de mis alumnas, de aspecto “gótico”, puso esta evidencia sobre la mesa: “Ha estado Vd. constantemente presuponiendo en su discurso la existencia de un deseo de infinito en el hombre ¿De dónde lo saca? Yo no quiero ser feliz”. Aquella chica, que no era malintencionada, en tres frases, levantó un muro, quizás parecido al de “Pink Floyd”, entre San Agustín y nosotros. El “corazón inquieto” agustiniano, el hombre entendido como “gran enigma”, se me apareció entonces como algo que, por alguna razón, no era evidente para muchos de mis alumnos. Es verdad que en autores contemporáneos había leído expresiones como “hombre adelgazado” (Vattimo), “sujeto ausente” (Borguesi), “hombre light” (Enrique Rojas), “narciso” (Lasch o Anatrella), etc., puestas como atributos del individuo actual. Sin embargo, la realidad superaba la teoría: aquella chica decía que ella no quería ser feliz. Alguna mutación antropológica o cultural se ponía en juego. Lo que Giussani llama “el efecto Chernovyl” en la juventud brillaba ante mí con la fosforescencia del uranio enriquecido.
Este libro, pues, nació de esta pregunta: ¿qué nos ha sucedido?. El problema no podía ser estrictamente moral. Pecado o capacidad de mal ha habido siempre, pero nada en la historia ha producido un apagón de la conciencia tan radical como el que durante todo el siglo XX hemos podido constatar. Podría hacer un recitado de acontecimientos históricos, o incluso de obras históricas o de ficción, que certifican esta des-humanización. Sin embargo, nos alargaríamos innecesariamente. Sólo voy a fijarme en un texto sacado de una extraña novela de Imre Kertész, premio Nobel de Literatura, que dice: “Y dejad de decir por fin, dije con toda probabilidad, que Auschwitz no tiene explicación, que Auschwitz es el producto de fuerzas irracionales, inconcebibles por la razón, porque el mal siempre tiene una explicación racional, es posible que el propio Satanás sea irracional, como lo es Yago, pero sus criaturas sí son racionales, todos sus actos se derivan de algo, igual que una fórmula matemática; se derivan de algún interés, del afán de lucro, de la pereza, del deseo de poder y de placer, de la cobardía, de la satisfacción de este o aquel instinto, y si no, pues de alguna locura al fin y al cabo, de la paranoia, de la manía depresiva, de la piromanía, del sadismo, del asesinato sexual, del masoquismo, de la megalomanía demiúrgica o de otro tipo, de la necrofilia, qué se yo de qué perversión de las muchas que hay o de todas juntas quizá, porque, dije con toda probabilidad, porque lo verdaderamente irracional y lo que en verdad no tiene explicación no es el mal, sino lo contrario: el bien. Por eso mismo (...) hace tiempo que sólo me interesan la vida de los santos, por cuanto las considero interesantes e inconcebibles y no les encuentro ninguna explicación racional.”[1]
¿Qué es lo que evidencia Kertész aquí? En pocas palabras: una escisión entre razón y deseo. Sólo le parece racional aquello que es, como decía Nietzsche, “humano, demasiado humano”, lo que está sujeto a la razón instrumental y calculadora, lo que está dentro del ámbito del humano límite. El bien de los santos, esos hombres que han realizado la unión con su destino, para el autor es algo inconcebible, igual que para mi alumna era inconcebible la felicidad. Así pues, aquella chica vestida de negro, tatuada y cargada de piercings que decía que ella no quería ser feliz, no es que no tuviese el corazón inquieto que San Agustín nos atribuye a todos, sino que lo tenía acostumbrado a la somnolencia, a la narcosis.
¿En qué me baso para decir esto? Recordemos la famosísima obra de teatro de Samuel Beckett, Esperando a Godot. En ella se explica cómo dos personajes, Vladimir y Estragón, que hoy serían considerados como frikies, esperan hastiados a un tal Godot. A medida que el drama se va desarrollando, el espectador entiende que la llegada de Godot es imposible. Por esta razón esta obra se encuadra en lo que llamamos el teatro del absurdo: es absurdo esperar a Godot.
El hombre actual es atrapado en una situación similar: es absurdo esperar la satisfacción total del corazón, la felicidad. Por tanto, la libertad, esa capacidad de infinito que habita en nosotros, se adormece, y se aficiona al láudano de las distracciones en los deseos parciales y continuos, de aquello que satisface de un modo momentáneo a nuestra sensibilidad. Toda nuestra cultura actual parece estar montada para excitar esas pulsiones parciales y para ofrecerles satisfacción a través de ese nutrido supermercado posmoderno que todos conocemos. Así, el deseo de infinito, o anhelo de ser –tal como la llamaba María Zambrano-, que originalmente está ligado a la razón, abriéndole un horizonte de significación en el que nada queda fuera, al enquistarse o hacerse inconsciente, al desaparecer como evidencia para nosotros, no sólo reduce el horizonte de nuestra razón, permitiéndole iluminar o entender sólo lo mezquino, la parte de lo “humano” limitada, “demasiado humana”, sino que también separa la razón del deseo. Así, además, nos encontramos con que el hombre posmoderno es ambivalente, como dice Bauman, padece una escisión de su experiencia: su afectividad y su razón trabajan en paralelo y, por tanto, sin posibilidad de cumplimiento.
En Los antifaces de Dory he intentado explicar por qué sucede esto, cuáles son las constantes culturales que hacen que, cada vez más, sea normal entre nosotros encontrar a personas que viven la vida sobreviviendo, no en el sentido de una pobreza material, sino en el sentido de una indigencia espiritual que ya no es capaz de capitalizarse en mendicidad, sino que se consolida en un conformismo que masacra y aniquila lo humano, que convierte la vida en su propio diminutivo, que la ata a lo material hasta convertir la existencia en una cárcel imaginada que vivimos como más real que la propia realidad. Como decía Kafka en el nº 62 de su Legajo de aforismos: “El hecho de que no exista nada más que un mundo mental nos priva de esperanza y nos confiere certeza.”[2]
No me voy a detener ahora en el recorrido que hago en el libro para desnudar a este hombre posmoderno. Simplemente me gustaría decir un par de cosas más acerca de la estrategia utilizada, que, a simple vista, puede parecer una cierta bajada a los infiernos:
1. Lo primero que me gustaría decir es que gran parte de este libro es falso, por lo menos en cierto sentido. No es que yo sea un estafador o un vendedor de humo intelectual. Me explico. Como el peor problema del hombre actual es que ve el mundo a través de una lente racionalista, produciendo esto un estrechamiento de los horizontes de significación y la separación de razón y deseo, he escrito los 5 primeros capítulos como si esa mirada racionalista fuese capaz de realizar aquella identidad de la que hablaba Hegel entre el pensar y el ser. El esbozo que surge de esos primeros capítulos, en que se intenta describir la aparición histórica de la modernidad y de la posmodernidad, permite entender mejor por qué, para el hombre moderno, cada vez se ha identificado más el conocimiento con el sufrimiento: cuanto más conoce uno, parecen decir filósofos románticos y existencialistas, más absurdo se presenta el mundo, es decir, más inhumana se nos aparece la vida. Lo cual nos invita, claramente, o al suicidio o al olvido, siendo, esta última la condición diferencial de Dory, una pez con memoria de pez.
2. En segundo lugar, me gustaría dejar claro que mi vaticinio con respecto al hombre posmoderno no es absolutamente negativo. A eso se debe la elección de Dory, ese entrañable personaje de la PIXAR en Buscando a Nemo, y no la de algún personaje siniestro del imaginario colectivo actual, que también se prestaría a funcionar como valleinclanesco esperpento del hombre de nuestros días. Mi apertura a este hombre-Dory se basa en dos evidencias:
Dory supone una cierta superación de los tics del hombre moderno. Se descubren determinados rasgos en el hombre actual que permiten mirarlo con esperanza. Por ejemplo, la concepción formalista de la libertad como mera emancipación, propia de la modernidad y su individualismo, cede un cierto espacio social y cultural a una visión abierta al descubrimiento del bien en el vínculo de una relación (solidaridad, comunidades, fidelidad,...). Además, Dory es alguien que tiene una especial sensibilidad para la belleza, para ese “esplendor de la verdad”, que se muestra como signo del significado y la satisfacción totales. Sin embargo, siempre con ese peligro, también muy hijo de nuestra época, de decaer en esteticismo, en presentismo, en psicologismo, en emotivismo o en sentimentalismo.
Y la segunda razón para esta apertura hacia el hombre actual es de tipo existencial, y tiene mucho que ver con algo que el Papa actual está repitiendo por activa y por pasiva. Recordemos la última invitación que hace en su discurso del año pasado en Ratisbona, muy similar al que repitió en el discurso que debía hacer en La Sapienza de Roma, en que hacía un llamamiento a favor de un alargamiento o ensanchamiento de la razón: “Occidente, desde hace mucho, está amenazado por esta aversión contra los interrogantes fundamentales de su razón, y así sólo puede sufrir una gran pérdida. (...) La valentía para abrirse a la amplitud de la razón, y no la negación de su grandeza, es el programa con el que una teología comprometida en la reflexión sobre la fe bíblica entra en el debate de nuestro tiempo. En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón. Redescubrirla constantemente nosotros mismos es la gran tarea de la universidad.” Dicho en otras palabras: el único modo que conozco de que nuestros horizontes de significación puedan recuperar la amplitud de nuestro deseo coincide con el encuentro con un ideal que evidencie, en el presente, la posibilidad de satisfacción de toda la humanidad del hombre. Ese es el único modo en que, además, se pueden hermanar de nuevo nuestra razón y nuestros afectos. Así, en la medida en que el cristianismo está en la base de nuestra cultura y en que sigue presente en la Iglesia, me parece razonable afirmar que el hombre posmoderno se parece más a Dory que a un zombie. Porque como ha dicho el mismo Papa: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”[3]
Así, la propia certeza en el significado total de la vida y de la realidad es la única razón por la que me he atrevido a poner negro sobre blanco, página tras página, el conjunto de peligros que vislumbro, con muchísimos más autores, mucho más importantes que yo, en ésta nuestra posmodernidad.
Para mí, Dory, cuando toma conciencia de sí, se identifica con el Kafka de este aforismo: “Un primer signo de que empieza el conocimiento es el deseo de morir. Esta vida parece insoportable, y la otra inalcanzable. Ya no se avergüenza uno de querer morir; desde la vieja celda odiada, uno ruega que lo trasladen a una nueva que con el tiempo también llegará a odiar. Y en esto desempeña cierto papel el residuo de fe que le queda en que durante el traslado el señor pase casualmente por el pasillo y, mirando al prisionero, diga: “A éste no volváis a encerrarlo. Se viene conmigo”.”[4] Por eso pienso que es grande la responsabilidad de la Iglesia.
Jorge Gonzalez