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Tras un mes de vértigo el papa Francisco ha culminado un primer tramo de su camino. La coincidencia con las celebraciones de la Semana Santa y de la Pascua le ha permitido centrar su primer magisterio en el corazón de la fe cristiana: en Jesús muerto y resucitado para salvar a cada hombre. Ha realizado muchos gestos que desvelan su temperamento misionero y su estilo de pastor decidido a estar cerca de su pueblo. Ha trenzado su eficaz comunicación con los hilos de la misericordia, de la cruz y del vigor apostólico. Pero su gobierno apenas ha comenzado y la impresionante expectación suscitada agranda, si cabe, las lógicas preguntas.

 

  Una de ellas se refiere al modo en que Francisco ejercerá su ministerio como sucesor del apóstol Pedro. La cuestión de la modalidad no es baladí: Juan Pablo II, en su encíclica Ut unum sint, dejó planteado el desafío de buscar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar a lo esencial de su misión, pueda ser reconocido y aceptado por todos los cristianos. En la conciencia de los últimos papas ha estado siempre presente la paradoja de que, siendo el ministerio de Pedro un servicio esencial para la fe y la unidad de la Iglesia, explícitamente querido por el Señor, haya sido también piedra de tropiezo para muchos cristianos.

 

Desde su primer saludo Francisco ha querido subrayar con fuerza su condición de obispo de Roma, recordando con la célebre frase de Ignacio de Antioquía que esta sede "preside en el amor a todas las Iglesias". También ha querido subrayar que el poder recibido por Pedro del Señor sólo puede ejercerse como servicio. Un subrayado, por cierto, que Benedicto XVI realizó también durante su toma de posesión de la cátedra de San Juan de Letrán y que Juan Pablo II había hecho suyo en la mencionada encíclica. Pero ¿cuál es el significado preciso de esta función de la sede romana reconocida ya desde el primer siglo? En el fondo, desde hace más de un siglo los papas han intentado profundizar en esta pregunta, se han esforzado por despojar al ministerio petrino de adherencias temporales, de incrustaciones malsanas y de inercias históricas. Es significativo el texto inédito de Joseph Ratzinger que ha publicado L'Osservatore Romano el pasado lunes, en el que explicaba cómo el Concilio Vaticano I dejó a la luz la dimensión espiritual de un papado libre de gangas temporales, y "lo definió nuevamente partiendo del seguimiento de Cristo, privado de poder terrenal, del mismo modo que Pedro el pescador le había seguido, sin poder alguno, hasta su crucifixión en Roma". Conviene tener presente esta perspectiva cuando tantos describen el primer tramo de Francisco como una ruptura con los pontificados anteriores.

 

Algunos plantean estos días, ya sea en los periódicos o en tribunas especializadas, un primado en la fe y en la caridad que se expresaría únicamente como servicio y no como jurisdicción. No pretendo exponer una tesis sino abordar una cuestión trascendental para cada cristiano y para el conjunto de la Iglesia. Juan Pablo II ya advertía que la función de asegurar la comunión sería ilusoria si el obispo de Roma se viese privado del poder y la autoridad que le son propios. Por su parte Benedicto XVI subrayaba con especial eficacia: "Presidir en la doctrina y presidir en el amor deben ser una sola cosa: toda la doctrina de la Iglesia, en resumidas cuentas, conduce al amor". En su memorable libro El complejo antirromano, Urs von Balthasar destroza sin contemplaciones la eterna pretensión de vaciar de sustancia el ministerio de Pedro reduciéndolo a un supuesto servicio, artificialmente contrapuesto a la jurisdicción.

 

 En el dinamismo propio de la renovación en la continuidad, Francisco buscará su propio estilo y es muy posible que bajo su pontificado se produzcan nuevos pasos en la dirección que auspiciaba la encíclica Ut unum sint. Ciertamente el pontificado de Benedicto XVI, con su concepción profundamente evangélica y sus gestos innovadores, ha preparado el camino. Durante sus casi ocho años ha explicado y mostrado sin cesar que el papa no es un soberano absoluto cuyo pensamiento y voluntad se convierten en ley. Por el contrario, el ministerio de Pedro es la garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. Aquí la continuidad entre Francisco y Benedicto se hace evidente más allá de estilos y temperamentos: el papa no pretende imponer sus propias ideas sino que se sabe unido a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, su poder no está por encima, sino al servicio de la palabra de Dios, y tiene la responsabilidad de hacer que esta Palabra siga resonando en toda su pureza frente a la frivolidad, la moda y la mentira. Un ministerio que el papa Francisco ejercía claramente estos días al recordar "que la fe no se vende ni se atiene a componendas" porque como Pedro "no podemos callar ante aquello que hemos visto y oído". En la historia del pueblo de Dios siempre ha existido la tentación de eliminar una parte de la fe, advertía Francisco, pero "la fe es tal como la confesamos en el Credo".

 

Por último. Es comprensible que ortodoxos y reformados contemplen con esperanza este ya largo camino del papado, pero sería deseable que ellos también se movieran en la dirección de la Iglesia indivisa del primer milenio. Y en cuanto al clima que están creando algunos intelectuales católicos, ojalá no necesitemos que un nuevo Vladimir Soloviev, tal vez llegado de Oriente, tenga que recordarnos que Roma es, para todo cristiano, la condición de la libertad.

 

José Luís Restán