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En la revista Huellas encontré un testimonio de Carmen Pérez titulado. “Personas en las que late el corazón” lo leí justo el día de la fiesta de la Anunciación y fue como sentir atreves de una realidad vivida, comprender como la encarnación es la única posibilidad de vivir y abrazar la realidad de la vida en todas sus dimensiones, y como el corazón del hombre está hecho para responder a la realidad con realismo, fuera de ella, huyendo de la realidad, la situación más difícil se vuelve más difícil y la aparentemente fácil incluso puede llegar a ser insoportables; las respuestas sin miedo a la real realidad por dura que esta sea, es capaz de dar profunda paz allí donde el hombre nunca la buscaría. Transcribo pues este testimonio:    

 

 

Otra vez con mi amigo Jorge, él es autor. Transcribo su escrito.

 

“Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona en el mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces…” (Paul Auster, Diario de Invierno),

 

Y entonces cuando por lo azares de la vida un ser humano se transforma temporal o permanentemente en un discapacitado, sin saberlo se convierte mediante su sacrificio en un referente para la sociedad, necesitada de ejemplos de superación ante las adversidades. Un discapacitado es una persona que, obligada por las circunstancias, tiene que ser audaz para afrontar con dignidad una nueva experiencia vital ue consiste en adaptarse a las nuevas limitaciones que ha adquirido sin pretenderlo y audaz para no rendirse sabiendo que el esfuerzo para realizar las tareas cotidianas se multiplica por diez. Que ante su nueva situación aprende a pensar con objetividad, para relativizar los problemas y acontecimientos, y para dar prioridad a los auténticos valores.

 

De esta forma puede encontrar un sentido más profundo a su existencia que le permite conocer cual es su camino y misión en la vida.

 

Un discapacitado es una persona necesariamente agradecida y generosa. Agradecida al pensar que nunca podrá devolver todo el afecto y apoyo recibido de familiares y amigos, sin saber que una sencilla mirada puede ser suficiente recompensa. Y generosa al obsequiarte con la mejor de sus sonrisas tan sólo al sentarte a su lado sin necesidad de palabras para la “conversación”.

 

Es una persona que a pesar de su apariencia se convierte ante la sociedad en paradigma de la actitud ante la adversidad y el sufrimiento, y en pilar de la infinita estructura ética colectiva. Es en definitiva un héroe anónimo y silencioso. Como decía mi amiga Carmen es un brote dentro de un inmenso bosque donde sólo se escucha el estruendo del gran árbol caído.

 

En mi caso he tenido la enorme suerte de tener a mi lado en todo momento a familiares, amigos y especialmente a mi extraordinaria mujer, Genoveva, que me han dado el ánimo y las fuerzas necesarias para superar con éxito la adversidad que un día encontré en mi camino”.

 

Ya lo creo que tanto los pacientes como las familias así son paradigmas de la actitud ante la adversidad y el sufrimiento, pilares de la sociedad, su verdadera savia y fuerza. Los verdaderos héroes anónimos y silenciosos. ¿Mi experiencia ante personas así? Mi experiencia es de gratitud, de admiración y de respeto, ¡lo que se aprende de ellos, de sus familias¡ Personas, familias así “educan” a los que las tratan, enseñan a reconocer la realidad sin ninguna pretensión. En realidad aunque nuestro mundo, nuestra civilización sea un mundo planificado sobre el poder, el dinero, planes técnicos, eficacia, cálculos, en lo que realmente creemos es en un mundo de corazones buenos y puertas abiertas.

 

Es un hecho que siempre “decidimos” la actitud con la que nos enfrentamos al sufrimiento. He leído que una investigación bastante reciente, llevada a cabo por organismos de sondeo de la opinión pública en Austria, revela que, quienes son tenidos en más alta estima por la mayoría de los entrevistados, no son ni los más grandes artistas o científicos, ni los grandes hombres de Estado o figuras del deporte, sino aquellos que sobrellevan un duro destino con dignidad. Esto se vive y aprende en el Hospital Nacional de Parapléjicos.

 

En nuestra vida diaria, en lo que realmente creemos y lo que necesitamos son personas que logran que a su lado se respire mejor en este mundo, personas en las que “late el corazón”, que viven de las bienaventuranzas de Jesús: bienaventurados los pobres, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que tienen hambre y sed de justicia, los pacíficos. Aquí y ahora, para nosotros, no es cuestión de cifras, ni de poder, ni de dinero, ni de tirar a la cara lo que tienen que hacer las personas con las que vivimos y tratamos. Es cuestión de que cada uno, en su medida, como hizo la viuda pobre del evangelio ponga todos sus pobres medios al servicio de los demás, ponga en la vida verdad, fidelidad a lo que reconoce como más grande y noble.

 

Necesitamos humildad, grandeza de corazón, sacrificio, fidelidad, todo esto sin lo que no se puede vivir y que nuestro tiempo parece desconocer o rechazar. A muchos le suenan a palabras más o menos vacías o edulcoradas. Pero siempre estamos en el eterno prodigio de los héroes anónimos, de David y Goliat, de los humildes y sencillos. Cuando el amor, la rectitud, la verdad, la generosidad, la buena intención ante la vida se encarnan en una persona, parece que esta puede enfrentarse con el mundo entero, y sirve de referencia y experiencia para los demás.

 

Entre la Nochebuena del año 1 y la Pascua del año 33, dejemos la exactitud de las fechas, es evidente lo que se presenta, ha ocurrido lo que Péguy llamaba “la única historia verdaderamente interesante que ha habido en la tierra”. Y empezó de la manera más humilde y sencilla, de la manera más lejana a lo que se nos hubiera ocurrido a los hombres.