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“Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”.
Es un fragmento del evangelio que proclamamos en este domingo. Recuerdo que en el transcurso de más de una reunión con jóvenes y también con adultos, al reflexionar sobre estas exigencias, manifestaban: “No lo entendemos. Jesús se está pasando, no es posible que nos pida todo esto para ser discípulos suyos. Da la impresión que va contra lo que nos han enseñado y hemos aprendido en el catecismo, el amor a los padres, a los hermanos, a la esposa, a los hijos. Precisamente, el mandamiento del amor es el primero y el más importante. Si lo seguimos, nos resultará muy difícil ser discípulos de Jesús…” ¿Como debemos interpretar estas exigencias y, sobre todo, como vivirlas?
Pienso que debemos hacerlo de una manera sencilla, aunque nada fácil.  Al mismo tiempo, temo que la reflexión sobre tales exigencias  diluya su radicalidad. Pero debemos intentar reflexionar sobre ello para no quedarnos con la impresión de unas condiciones inhumanas y del todo imposibles.
La primera condición para ser discípulo es la opción radical por Jesús, por su persona y por todo lo que vive, anuncia y propone. Esta opción es la única que tiene carácter absoluto: ni padres, ni esposa, ni hijos, ni hermanos, ni la propia vida son opciones fundamentales. Pero ello no supone despreocupación por todos ellos, al contrario, todas estas personas, todas las realidades de la vida, adquieren su verdadero valor y dimensión desde Jesús.
La gran tentación es convertir en “salvadores” a personas, cosas y proyectos, y abandonar al “único Salvador”, Jesucristo.  La cuestión radica en quien y donde ponemos nuestra confianza absoluta.
 
Todos estos planteamientos pueden parecer teóricos y no lo son, pues tienen plena vigencia en la vida ordinaria. Cuantas veces  pensamos que algunas personas, o alguna en particular, nos lo han de proporcionar todo: afecto, servicio, confianza, cualidades… y cuando no lo percibimos, en razón de las limitaciones humanas, se produce una gran decepción. En determinados momentos el amor nos conduce a esperarlo todo de quien no puede darlo todo, sino únicamente lo que es, lo que vive y lo que tiene. Esta forma de amar puede convertirse en odio a causa de las decepciones. “Yo esperaba…”, pero me he desengañado. Las personas podemos dar y ofrecer  lo que buenamente podemos, pero de buen seguro no todo lo que desea nuestro propio ser. Y lo mismo puede decirse de las cosas, las ideologías, los proyectos magnificados…
Tener los sentimientos de Cristo, identificarnos con sus actitudes, es el criterio fundamental.
La familia, los hermanos, la propia vida… no son el criterio definitivo de mi vida, no son Dios, el valor absoluto.
 Y si eso es así, amaremos a la familia, a los hermanos, sin esperar de ellos más de lo que pueden darnos; y no nos encerraremos en el propio grupo, proyectos, obsesiones…
La segunda condición para convertirnos en discípulos, es cargar con la propia cruz. Pero, ¿qué significar concretamente, cargar con la cruz?
Tenemos a cristianos que están convencidos que cargar con la cruz y seguir al crucificado es principalmente buscar mortificaciones, privarse de satisfacciones, renunciar a disfrutar legítimamente; y tienen razón por lo que ello tiene de dimensión penitencial y dominio de la voluntad. Para otros, la cruz significa asumir las contrariedades de la vida, las desgracias, adversidades, fracasos… y también es cierto, porque es fundamental asumir el sufrimiento y el lado oscuro y duro de la vida a semejanza de Jesús y hacerlo en su compañía. Pero la exigencia del Señor también se refiere a afrontar los conflictos, el rechazo y la “agresión” de algunos segmentos de la sociedad que se muestran dispuestos a rechazar, menospreciar, marginar, ridiculizar, por los motivos que sean, todo lo que se refiere a la vida cristiana y a la Iglesia. Quien quiera evitar las tensiones o conflictos a causa de su fe, es decir “cargar con la cruz”, difícilmente será discípulo de Jesús. Seguirle es siempre una aventura arriesgada. Llena de sentido, pero ciertamente arriesgada.
 
Todos y cada uno de los discípulos, nosotros también, en las diversas etapas de la vida, hemos hallado y seguiremos hallando tensiones, conflictos, rechazos a causa de nuestra condición de cristianos. Puede que incluso entre los más cercanos y en la propia familia, entre los amigos, en el trabajo, entre quienes comparten responsabilidades sociales o del bien común… A medida que maduramos y acumulamos experiencia aguantamos bien, sin embargo ello es más difícil en los años de adolescencia y juventud. Lo señalo porque a todos nos hace falta ayudarnos mutuamente a llevar esta cruz, y especialmente tenemos que ayudar, acompañar, respaldar a los chicos y chicas para que no desfallezcan.
 
Y no olvidemos que el Señor no sólo propone y exige, sino que se ofrece Él mismo con todos sus dones, para hacerlo posible con fortaleza, paciencia y sin perder la alegría. 
 
Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona