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Mons. Francesc Pardo
Obispo de Girona




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La cuestión importante no es solo si crees en Dios, sino en que Dios crees. Según cual sea el rostro de Dios en el que crees, repercutirá en la concepción de tu persona, de los demás, de la vida y de la historia.

En repetidas ocasiones he escuchado esta afirmación: “Dime en qué Dios crees o no crees y entenderé mejor como vives y para qué vives”. Ahora, tras años de experiencia, la considero del todo acertada.

Por ello, la cuestión fundamental para nosotros los cristianos, es en qué Dios creemos, qué Dios anunciamos, de qué Dios somos testigos.

La fiesta de la Santísima Trinidad que celebramos este domingo nos los recuerda. Creemos en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un solo Dios en tres personas. Por ello hablamos de Trinidad y de Tri-Unidad.

A menudo, en los encuentros con adolescentes y jóvenes, cuando hablábamos de Dios y les recordaba la fe de la Iglesia, el Credo, me interpelaban: “Y esto, ¿cómo lo sabéis? ¿Os lo habéis inventado? Ya es difícil creer en Dios, pero creer en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo... ¡todavía lo es más!” ¿Por qué, pues, lo creemos y es razonable esta fe?

Lo creemos porque Dios nos ha hablado de ello, se ha revelado, se nos ha manifestado a través de la creación, de la historia del pueblo de Israel y sobre todo por medio de Jesucristo. Porque nos fiamos de Jesucristo creemos en Dios Trinidad. Y porque hemos recibido esta fe en la Iglesia.

Baste con repasar el Nuevo testamento para darnos cuenta de las afirmaciones de Jesús: sus palabras sobre la vida, la muerte y la resurrección. Añadamos los demás escritos del Nuevo testamento, como el libreo de los Hechos de los Apóstoles, las epístolas, el Apocalipsis... para redescubrir el testimonio de la Iglesia naciente.

Si creemos (nos fiamos y confiamos en Jesucristo), entonces creemos en Dios tal como Jesús lo ha manifestado por medio de su vida, con sus palabras y actividad, y con su muerte y resurrección.

No podemos explicar que Dios es Trinidad únicamente por medio de la propia razón. Ahora bien, sí que podemos reconocer la razón de este ser de Dios en el momento en que acogemos “la revelación” de Dios en Jesucristo.

Recuerdo que san Agustín comentaba que allá donde existe el amor, existe una Trinidad: un amante, un amado y la fuente del amor. Así expresaba la dimensión razonable de la fe en Dios Uno y Trino.

Al mismo tiempo, la fe en nuestro Dios fundamenta la comprensión de nosotros mismos, de nuestra relación con los demás y con el mundo. Y, sobre todo, dándonos cuenta de su presencia y acción en nuestra vida.


-                Con el bautismo fuimos señalados y bautizados en el nombre del

Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amarados en su amor.

-                         Cuando hacemos la señal de la cruz sobre nosotros mismo

invocando Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, persignamos nuestros días, noches, alegrías, ilusiones, trabajos, el viaje que vamos a comenzar, el hecho de compartir la mesa... estamos recordando que Dios impregna nuestra vida concreta.

Que sepamos mantener la costumbre de persignarnos al salir de casa, al levantarnos, al acostarnos, antes de comer, al iniciar un viaje, y que, llegado el último momento, nosotros o alguien nos haga la señal de la cruz sobre la frente. De Dios venimos y a Dios volvemos.

-                             La liturgia de la Iglesia y las plegarias manifiestan esta

dimensión: nos dirigimos al Padre, por medio de Jesucristo, con el aliento del Espíritu.

¡Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo!

 

Francesc Pardo i Artigas Obispo de Girona