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Mons. Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba




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Dios tiene corazón, nos ama infinitamente, conoce nuestra debilidad y tiene misericordia de nosotros. En el corazón de Dios todos tenemos un lugar, nadie se sienta excluido de ese amor que nos ha creado y nos ha redimido, haciéndonos hijos suyos. En su Hijo Jesucristo, Dios se ha hecho carne, con un corazón humano como el nuestro. Jesús nos acerca ese amor de Dios, nos hace sensible un amor sin medida, que nos ama hasta el extremo, que se compadece de nosotros, que ama y sufre. Esto es lo que celebramos en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, celebrada esta semana.

En el Corazón de Cristo se resume simbólicamente todo el cristianismo, que es la religión del amor. No existe otro motivo en el corazón de Dios. Sólo el amor. Ni envidia, ni odio, ni venganza. Sólo amor. Y eso es lo que quiere Dios en nuestro corazón, que sólo haya amor, aunque dada nuestra debilidad se nos cuelan otros sentimientos que hacen nuestro corazón impuro. Celebrar el Corazón de Cristo nos lleva a contemplar todo el misterio de la Redención, concentrado en ese Corazón que sólo sabe amar, irradia amor y enseña a amar al que se acerca a él.

En el Corazón de Cristo se entrecruzan varios caminos: Dios que nos ama dándonos a su Hijo único. El Hijo que ama a su Padre con un amor desbordante, también en representación de toda la humanidad y en reparación de todos nuestros desamores y nuestras ofensas. El Hijo encarnado que nos ama a cada uno, hasta el punto de que cada uno pueda decir: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20), escuchando de Jesús: “Ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos”. Por eso, el mandamiento nuevo, el testamento del Señor resuena acercándonos a su Corazón: “Amaos unos a otros como yo os he amado, en esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros”.

“El Amor no es amado”, gritaba san Francisco de Asís con abundantes lágrimas. Para el que ama de verdad, el pecado del mundo le toca el corazón, porque percibe en él un desprecio hacia Dios, que es Amor y sólo Amor. De ahí brota el deseo de amarle más a Aquel que es ofendido, el deseo de reparar las ofensas de todo el mundo. ¿Cómo es posible que el Amor, que sólo es Amor, sea despreciado y sea ofendido? Es el misterio del pecado, por el mal empleo de la libertad humana, que sólo tendrá remedio en una sobredosis de amor, en la Cruz de Cristo. Podrá sanarse en la actitud de reparación que brota de un amor más puro, que no recrimina a nadie, que reacciona amando más todavía. “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, y a cambio sólo recibe injurias y ofensas”, le dice el Corazón de Cristo a santa Margarita María de Alacoque.

De ese Corazón y como un regalo de su amor, la diócesis recibe este domingo dos nuevos sacerdotes presbíteros para el servicio de la diócesis, abiertos a la Iglesia universal. Carlos y David. Carlos proviene de Valencia y se ha formado en el Seminario Redemptoris Mater. David es de Jauja (Córdoba), su familia vive en nuestra diócesis, y se ha formado en el Seminario Conciliar San Pelagio. Tiene un hermano sacerdote, Antonio Reyes. ”El sacerdote es un regalado del Corazón de Jesús”, repetía el santo Cura de Ars. Hoy se cumple entre nosotros. Necesitamos sacerdotes según el Corazón de Cristo. Pidamos que estos dos nuevos sacerdotes vivan traspasados por el amor del Corazón de Cristo y entreguen su vida por amor.


la respuesta. Sólo el amor es digno de crédito. Matrimonio, vida consagrada, ministerio sacerdotal. La razón de la elección sea: y ¿dónde podré amar más?

Junto al Corazón de Cristo está su Madre, su Inmaculado Corazón. Son dos corazones que laten al unísono. Ella nos conceda percibir el latido del Corazón de Cristo, para poder latir al unísono con El y con Ella.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba