Antropologia cristiana
Enero 17, 2010
Ya hemos hecho la demostración del deseo como punto de partida, pues éste es causado por la realidad que es a la vez su fin. Pero podría surgir quien nos acusara de parciales por cerrarnos a otros posibles puntos de partida. De hecho en la historia de la filosofía se dan otros tantos comienzos distintos, y esto si no se aclara crea confusión. Con esta pregunta planteo el reto de superar cualquier otro punto de partida, antes de continuar con nuestro estudio. En caso de que no fuera posible, tendríamos que aceptar de alguna manera también los otros.
Diciembre 28, 2009
El deseo como punto de partida, ciertamente nos conduce al misterio del hombre, nos revela esa dinámica interior del hombre que en último término busca la Trascendencia. Este es un hecho fenomenológico. Sin embargo la existencia del deseo no implica la existencia de lo deseado. Si esto es verdad, el hombre abandonado en la tierra no sería más que un ser frustrado, con un anhelo insaciable. Claro está que no supone tampoco que no exista. Pero si no podemos dar una respuesta suficiente que demuestre el Trascendente, sería igual de válido decir que existe, que no, o que no lo sabemos. En fin: ¿El deseo como punto de partida puede salir de la inmanencia? Esta pregunta oculta otra aun más profunda ¿Podemos conocer lo Trascendente con la razón natural, o debemos limitarnos a simples opciones opinables (aunque sean muy razonables)?
Marcos Emmanuel Pujol
El deseo como punto de partida no pienso que encierre al hombre en la inmanencia. De hecho, el deseo no es inmanente en el sentido que “permanece en el interior del sujeto”, ya que es como una “flecha” que rotura radicalmente la inmanencia abriéndola a la realidad. El deseo es el signo de la “trascendencia” del ser humano, pues éste es extático, sale de sí mismo, está volcado hacia (tendere) la realidad. Autores como Scheler, Portmann y Gehlen (buenos antropólogos…) insisten -quizás siguiendo a Heidegger- que el hombre es un “ser abierto al mundo”. Abierto a través del deseo. Es el rico mundo de lo apetitivo, pero que tiene un fenómeno primordial: el ser humano apetece, se mueve, se vierte sobre lo real. El hombre es un ser anhelante, que anhela la realidad: sujeto-anhelo-realidad. Pero me refiero a lo que los filósofos han denominado el deseo natural, no un capricho cualquiera nacido de la imaginación (su objeto puede no existir o no alcanzarse jamás). El deseo natural es una realidad radical del hombre, ya que pertenece a su naturaleza, y se ordena a un bien, que es una realidad que tiene razón de fin. El fin de una piedra es “caer y encontrar el reposo”. Santo Tomás también recuerda que el fin del fuego es “elevarse”. ¿Cuáles son los deseos naturales del hombre? El deseo no es caótico y amorfo, sino lógico y racional: tienen un fin, que siempre es una realidad en relación con la realidad-misterio del hombre. Cuando los magos siguen el deseo de encontrar al Mesías, es porque había aparecido el Mesías sobre la tierra. Su viaje no es una quimera. Si nacen flores en nuestro planeta es porque hay una atmósfera para poder respirar (hay fin biológico y por tanto viabilidad vital); en cambio en la luna no crecen flores, porque la atmósfera es irrespirable (no se da tal fin y por tanto la vida es inviable). El fin marca la existencia. La realidad es la que “atrae” y origina el deseo en el hombre. El hombre posee una naturaleza teleológica -con su fin propio-. Decía Tomás: “Un deseo de la naturaleza no puede ser un deseo vacío” (Suma, I, q.75, a.5, r). Si hay deseo en el hombre es porque la naturaleza humana posee una finalidad objetiva, real y atractiva. Encontramos una triple realidad: hombre-deseo-fin, es decir, sujeto apetitivo-apetito-realidad apetecida. Es realísimo. El hombre es una realidad anhelante de realidad. Nuestro punto de partida no es una inmanencia clausurada en sí misma sino una trascendencia hacia la realidad a través del deseo. El hombre debe ser leal con los deseos del corazón. ¡Cuánta deslealtad en el hombre! ¡Cuánto desconcierto! Si el hombre es un ser errático es por falta de lealtad, por olvidar el deseo. He hablado de trascendencia (del deseo) con minúscula. Sobre la Trascendencia con mayúscula (Dios), lo dejamos para el año que viene. Feliz año, Emmanuel.
Ignasi Fuster
SINTESIS
Veo que el tema a resultado interesante… Se me ocurren las siguientes conclusiones:
1. El deseo es exático, sale de la inmanencia del sujeto a la realidad de las cosas mismas, movido por el apetito que de ellas tiene.
2. La realidad es causa del apetito, y por lo tanto del deseo; no a la inversa. Es decir: el deseo no causa la realidad.
3. De la misma manera, la lógica y racionalidad del deseo natural (no de la imaginación) viene dada por la realidad que la causa, que se presenta como razón de fin, es decir, como un bien.
4. Queda demostrado el deseo natural como punto de partida porque relaciona el sujeto con lo real. Esto es decir que trasciende.
5. No queda indicado este deseo como conexión directa con el Trascendente (Dios), porque no es una realidad de la que tengamos experiencia natural. Logicamente, si alguien tiene experiencia, se trata de una experiencia sobrenatural.
Todo parece indicar que hemos comenzado con buen pie. Hemos superado la inmanencia de entrada, y más o menos, empezamos a ver sobre que realidades podemos hablar desde aquí… Si no me equivoco, la dirección del deseo, esta flecha que trasciende, apunta y se clava en la realidad ¡Pues allí vamos, a la realidad! ¡A la realidad del hombre! Intuyo que mientras avanzamos, iremos viendo la bondad y la gratuidad de Dios. Pues conociendo lo natural por la razón, resplandece aquello que nos ha sido revelado, lo sobrenatural como inimaginable posibilidad real.
Marcos Emmanuel Pujol
Diciembre 13, 2009
Hemos constatado ya la importancia de la cuestión del hombre, y vemos que necesitamos que tenga sentido. La pregunta sobre el sentido del hombre ya está en el horizonte de nuestro preguntar. Pero ahora nos queda mucho camino para justificar una respuesta… y volvemos ha donde antes ¿Por dónde empezamos? Queremos conocer el hombre ¿Y qué es el hombre? Es evidente que ya sabemos algo de el, pero si queremos proceder sistemáticamente debemos acertar en el punto de partida… esta es la pregunta ¿De donde partimos ahora para conocer al hombre?
Marcos Emmanuel Pujol
Nos la jugamos en el punto de partida. Fíjate que el misterio del hombre se manifiesta allí donde hay un anhelo. Permítaseme no abandonar el acontecimiento de Belén que vamos a celebrar estos días. En Belén hay agudos anhelos: María es la mujer que “espera un acontecimiento divino”, porque siente profundamente el mal que aflige a la humanidad. Los pastores, sin demasiadas formulaciones filosóficas, eran hombres que concentraban el anhelo de la humanidad de encontrar la luz, de ser redimida, de hallar el sentido de la vida. Los magos eran hombres de ciencia dedicados a la investigación de los secretos del cosmos y del hombre. Deseaban conocer la verdad y el sentido. Belén es un rayo de luz anhelante. Y es el “anhelo humano” el que conduce al misterio del hombre. Pienso que en el deseo podemos hallar el punto cero para poder “iniciar” nuestro viaje a través del ser humano. En este sentido sería bueno dar la mano al gran Agustín. Él era un “corazón inquieto”. ¿Qué te parece Emmanuel? ¿Por qué no nos detenemos en el deseo humano? ¿No te parece que podría ser nuestro punto de partida para conocer más profundamente al hombre? Descartes, en sus inicios del filosofar, esquivó el deseo y partió del pensar. Pero, ¿no es primordial el deseo respecto al pensar? Detengámonos ahora por breves instantes en el respirar. Es básico para vivir. Si dejo de respirar, muero. El niño, cuando sale del seno materno, “lucha por respirar”…, es decir, “desea vivir”. La vida humana comienza con un llanto. No es el llanto del hombre angustiado. Es el llanto de la lucha por la vida. Es la primera articulación biológica del deseo. El deseo vital es la primera nota antropológica. Respiro. ¿No es la función vital básica que expresa nuestro fundamental deseo de vivir? Inspiro el aire por la nariz para vivir: deseo vivir, por esto inspiro. Y para respirar, también hay el movimiento de la espiración: dejo salir el aire por la boca. Tal movimiento expresaría el cumplimiento o aquietamiento del deseo. Aparece aquí una dualidad fundamental: deseo (nariz) – reposo (boca) , inspiración – espiración. Aquí encontramos una clave hermenéutica para comprender al hombre. Respiramos: deseamos; y buscamos aquietar el deseo. En Belén se escuchó un llanto. Nuestro blog empieza a respirar. El hombre “desea”, es “luz de anhelo” (es la esencia antropológica de la Navidad). ¿No piensas, Emmanuel que debemos detenernos un poco en la realidad de nuestros deseos? Mis “mejores deseos” para estas Navidades…
Ignasi Fuster
SINTESIS
Bien, el punto de partida es el deseo, porque es evidente que todo hombre desea y por esto vive inquieto. Ciertamente el deseo nos situa ante nosotros como seres inacabados. De alguna manera nos da un sentido, tendemos por el hacia un fin deseado, en el cual reposar definitivamente de nuestra inquietud. Por esto es conveniente distinguir aquellos deseos, que una vez satisfechos no sacian nuestra capacidad de desear, del deseo último… Si deseamos porque somos inacabados, lo que en último término deseamos es ser acabados, es sin duda un anhelo de plenitud vital, de perfección y eternidad… parece que es de este modo como el deseo nos conduce al misterio del hombre. Mirando a Belén ¿Estará nuestro deseo unido al destino de aquel niño que nació de la Siempre Virgen María? He aquí las palabras del Ángel a José “Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque el salvará a su pueblo de sus pecados” Mt 1,21. ¿Y que es el pecado sino lo que nos merece la muerte? ¿Que será entonces la salvación de nuestros pecados? ¿No corresponde nuestro deseo último al destino de aquel Niño?
Marcos Emmanuel Pujol
Diciembre 9, 2009
Agradezco a Emmanuel el reto de iniciar este “diálogo trascendental” sobre el hombre. “Busco al hombre, busco al hombre”. Estas palabras se atribuyen a Diógenes. Era un hombre de signos. Un día lo encontraron de noche, con un farol en la mano, pronunciando estas palabras. Quizás éste sea el cometido de “este blog”: en medio de la “noche de nuestro tiempo”, intentar iluminar el misterio del hombre. Pero, ¿por dónde empezamos? La filosofía empieza con la misma pregunta, pero la pregunta entendida como la pregunta interior, es decir, la pregunta que brota desde nuestro interior. Cada hombre se pregunta por sí mismo, se pregunta por su destino: ¿qué será de mí? ¿hacia dónde orientar mi vida? ¿dónde puedo encontrar aquello que me haga verdaderamente hombre? Quizás la pregunta por el destino es más apremiante que la pregunta por el origen (L. Giussani). La pregunta por mí mismo no es meramente racional o académica. Es existencial. Mi existencia distendida en el tiempo es una incesante pregunta por mí mismo. Y toda mi existencia es una incesante búsqueda de respuesta. La experiencia vital es fundamental para comprenderse. El hombre se va comprendiendo a lo largo de su vida. “Todas las circunstancias humanas son ocasión para el juicio antropológico”. Pienso que la pregunta por el hombre es ineludible y forma parte del hombre. Un hombre que no se pregunta por sí mismo es un hombre “muerto”. Vive el hombre que mantiene viva la pregunta. En este sentido, Diógenes era un hombre vivo e inquieto. Todos los filósofos han sido seres inquietos. A veces nos centramos demasiado en sus respuestas, pero es importante captar sus preguntas, sus problemas, sus dilemas: ¡su espíritu filosófico!, para poder comprender más profundamente sus respuestas. Y las grandes preguntas por el hombre se mantienen vivas a lo largo de la historia. Quizás ahora nos encontramos en un momento “flojo” filosóficamente. Pero este blog pretende volver a suscitar la pregunta por el hombre. ¡Gracias Emmanuel! Así, pues, yo diría que empezamos con la pregunta. Preguntarnos por nosotros mismos, ¡es esencial! Más todavía: ¡pertenece a nuestra misma existencia! Para San Agustín la clave para poder entender algo del hombre es “la inquietud del corazón”. También Heidegger decía que “la existencia es preocupación”. La idea del hombre que tenía Nietzsche era la de un “espíritu que desea impetuosamente”. George Steiner dice que el hombre es “un pelegrino de lo absoluto”. Y Víktor Frankl, el psiquiatra prisionero en los campos de concentración, afirma que el hombre es “búsqueda de sentido”. Coincidimos en lo mismo: debemos partir del deseo. El hombre es un ser anhelante. Éste es el camino del hombre y el camino de la filosofía. “Tengo sed”: ésta es la gran afirmación sobre el hombre! (lo dijo Jesús desde la cruz antes de expirar). Yo también tengo sed, Emmanuel, de iniciar este diálogo (no sé a dónde nos llevará). Ahora debemos ir en busca de las aguas… de las preguntas-respuestas. Nos guíe la luz de la razón “abierta” radicalmente a todo, todo, todo lo humano (sin excepción!). ¿No es éste el gran camino de la humanidad? Acercarse al hombre, no para hacerle daño, sino para ayudarle a ser mejor. Ahora que estamos en vigilias de Navidad. Muchos fieles cristianos se acercarán para admirar a un niño, a un hombre. Que la filosofía viva esta Navidad: acerquémonos al hombre. El gran problema sería “la ausencia de la Navidad”: cuando ya no nos admiremos ante el hombre y su misterio. Feliz Navidad para este blog.
Ignasi Fuster
SÍNTESIS
Corríjame si me equivoco, viendo lo dicho se me ocurren estas conclusiones…
- La pregunta es esencial y existencial
- Es esencial porque corresponde a la misma naturaleza racional del hombre. El conocimiento racional está intrínsecamente ligado a la autoconciencia, esto es el conocimiento de la propia existencia, sin el cual no se da conocimiento alguno. Es por la dinámica del mismo conocimiento que el hombre actúa comprendiéndose, y de este modo orienta su vida.
- Todo hombre está obligado a dar una respuesta personal a la cuestión del hombre. Esto es una respuesta que concreta lo general de la pregunta. En este sentido es existencial. La vida misma es la expresión que responde a esta pregunta.
- No obstante, la pregunta tendrá sentido si existe una respuesta. Pues bien puede ser esencial y existencial, y, sin embargo, no existir respuesta. En este caso la consecuencia es gravísima ¡Estaríamos abandonados a una vida absurda!
Creo que estas conclusiones ayudan a sorprenderse ante este gran misterio que estamos tratando, y sobretodo, plantean nuevas cuestiones, aunque también entre ellas se vislumbran posibles soluciones… ¿Existe el Dios creador y Providente? ¿Será posible la Fe en aquel niño que nació en Belén? ¿Podrá ser su vida la respuesta que buscamos? ¿Podemos dar razón de nuestra Esperanza? ¿Es posible el Amor entre los hombres? No quiero adelantarme a dar soluciones, de eso ya estoy convencido que es posible, pero creo que nuestro reto (y quizás el de este blog) está en dar a conocer la Sabiduría de esta Respuesta mostrando su lógica sobrenatural, a la luz de la razón natural. Con esto quiero decir, que si la Fe es verdadera, viendo lo que el hombre es a la luz de la razón natural, aún resplandecerá más su correspondencia al Misterio de Jesucristo. Y una vez la razón abierta a este Misterio Infinito de la Navidad, que es la Encarnación de Dios, Dios hecho hombre, será nuestra razón la iluminada por el Misterio. Feliz Navidad a usted también, mossèn Ignasi.
Marcos Emmanuel Pujol
Emmanuel. He leído tu síntesis. Muy buena y sintética. Me ayudas a comprender mejor mis palabras. Me ha parecido genial aquella intuición fundamental sobre el sentido de nuestro diálogo: mostrar la lógica sobrenatural de nuestro pensamiento natural sobre el hombre. Es una especie de apunte (relación que hemos de mostrar…) hacia el conocimiento que tenemos por la fe: la correspondencia con el misterio de Jesucristo (típico de Gaudium et Spes: el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado; le encantaba a Juan Pablo II). El hombre parece un ser lanzado hacia Cristo (el seguimiento es lo más antropológico!). Cuando Juan, Andrés, Pedro siguen al Señor… eso es antropología. El modo de hacer de Jesús, sus palabras, su transmisión. ¿No sería sorprendentemente divino y profundamente humano? Hemos captado que la antropología nace en Navidad. Los pastores tienen el deseo antropológico. Hay otros que quieren eliminarlo (Herodes and company). No les interesa la verdad del hombre. La Antropología va desde el deseo de los pastores de Belén hasta el Misterio del Verbo Encarnado. Pero ese camino es profundísimo y hay que pensarlo.
Ignasi Fuster
ANTHROPOS.TK
Antropologia cristiana
El deseo como punto de partida: ¿Validez exclusiva o opcional?
Enero 17, 2010
Ya hemos hecho la demostración del deseo como punto de partida, pues éste es causado por la realidad que es a la vez su fin. Pero podría surgir quien nos acusara de parciales por cerrarnos a otros posibles puntos de partida. De hecho en la historia de la filosofía se dan otros tantos comienzos distintos, y esto si no se aclara crea confusión. Con esta pregunta planteo el reto de superar cualquier otro punto de partida, antes de continuar con nuestro estudio. En caso de que no fuera posible, tendríamos que aceptar de alguna manera también los otros.
El deseo como punto de partida: problema de la inmanencia
Diciembre 28, 2009
El deseo como punto de partida, ciertamente nos conduce al misterio del hombre, nos revela esa dinámica interior del hombre que en último término busca la Trascendencia. Este es un hecho fenomenológico. Sin embargo la existencia del deseo no implica la existencia de lo deseado. Si esto es verdad, el hombre abandonado en la tierra no sería más que un ser frustrado, con un anhelo insaciable. Claro está que no supone tampoco que no exista. Pero si no podemos dar una respuesta suficiente que demuestre el Trascendente, sería igual de válido decir que existe, que no, o que no lo sabemos. En fin: ¿El deseo como punto de partida puede salir de la inmanencia? Esta pregunta oculta otra aun más profunda ¿Podemos conocer lo Trascendente con la razón natural, o debemos limitarnos a simples opciones opinables (aunque sean muy razonables)?
Marcos Emmanuel Pujol
El deseo como punto de partida no pienso que encierre al hombre en la inmanencia. De hecho, el deseo no es inmanente en el sentido que “permanece en el interior del sujeto”, ya que es como una “flecha” que rotura radicalmente la inmanencia abriéndola a la realidad. El deseo es el signo de la “trascendencia” del ser humano, pues éste es extático, sale de sí mismo, está volcado hacia (tendere) la realidad. Autores como Scheler, Portmann y Gehlen (buenos antropólogos…) insisten -quizás siguiendo a Heidegger- que el hombre es un “ser abierto al mundo”. Abierto a través del deseo. Es el rico mundo de lo apetitivo, pero que tiene un fenómeno primordial: el ser humano apetece, se mueve, se vierte sobre lo real. El hombre es un ser anhelante, que anhela la realidad: sujeto-anhelo-realidad. Pero me refiero a lo que los filósofos han denominado el deseo natural, no un capricho cualquiera nacido de la imaginación (su objeto puede no existir o no alcanzarse jamás). El deseo natural es una realidad radical del hombre, ya que pertenece a su naturaleza, y se ordena a un bien, que es una realidad que tiene razón de fin. El fin de una piedra es “caer y encontrar el reposo”. Santo Tomás también recuerda que el fin del fuego es “elevarse”. ¿Cuáles son los deseos naturales del hombre? El deseo no es caótico y amorfo, sino lógico y racional: tienen un fin, que siempre es una realidad en relación con la realidad-misterio del hombre. Cuando los magos siguen el deseo de encontrar al Mesías, es porque había aparecido el Mesías sobre la tierra. Su viaje no es una quimera. Si nacen flores en nuestro planeta es porque hay una atmósfera para poder respirar (hay fin biológico y por tanto viabilidad vital); en cambio en la luna no crecen flores, porque la atmósfera es irrespirable (no se da tal fin y por tanto la vida es inviable). El fin marca la existencia. La realidad es la que “atrae” y origina el deseo en el hombre. El hombre posee una naturaleza teleológica -con su fin propio-. Decía Tomás: “Un deseo de la naturaleza no puede ser un deseo vacío” (Suma, I, q.75, a.5, r). Si hay deseo en el hombre es porque la naturaleza humana posee una finalidad objetiva, real y atractiva. Encontramos una triple realidad: hombre-deseo-fin, es decir, sujeto apetitivo-apetito-realidad apetecida. Es realísimo. El hombre es una realidad anhelante de realidad. Nuestro punto de partida no es una inmanencia clausurada en sí misma sino una trascendencia hacia la realidad a través del deseo. El hombre debe ser leal con los deseos del corazón. ¡Cuánta deslealtad en el hombre! ¡Cuánto desconcierto! Si el hombre es un ser errático es por falta de lealtad, por olvidar el deseo. He hablado de trascendencia (del deseo) con minúscula. Sobre la Trascendencia con mayúscula (Dios), lo dejamos para el año que viene. Feliz año, Emmanuel.
Ignasi Fuster
SINTESIS
Veo que el tema a resultado interesante… Se me ocurren las siguientes conclusiones:
1. El deseo es exático, sale de la inmanencia del sujeto a la realidad de las cosas mismas, movido por el apetito que de ellas tiene.
2. La realidad es causa del apetito, y por lo tanto del deseo; no a la inversa. Es decir: el deseo no causa la realidad.
3. De la misma manera, la lógica y racionalidad del deseo natural (no de la imaginación) viene dada por la realidad que la causa, que se presenta como razón de fin, es decir, como un bien.
4. Queda demostrado el deseo natural como punto de partida porque relaciona el sujeto con lo real. Esto es decir que trasciende.
5. No queda indicado este deseo como conexión directa con el Trascendente (Dios), porque no es una realidad de la que tengamos experiencia natural. Logicamente, si alguien tiene experiencia, se trata de una experiencia sobrenatural.
Todo parece indicar que hemos comenzado con buen pie. Hemos superado la inmanencia de entrada, y más o menos, empezamos a ver sobre que realidades podemos hablar desde aquí… Si no me equivoco, la dirección del deseo, esta flecha que trasciende, apunta y se clava en la realidad ¡Pues allí vamos, a la realidad! ¡A la realidad del hombre! Intuyo que mientras avanzamos, iremos viendo la bondad y la gratuidad de Dios. Pues conociendo lo natural por la razón, resplandece aquello que nos ha sido revelado, lo sobrenatural como inimaginable posibilidad real.
Marcos Emmanuel Pujol
El punto de partida
Diciembre 13, 2009
Hemos constatado ya la importancia de la cuestión del hombre, y vemos que necesitamos que tenga sentido. La pregunta sobre el sentido del hombre ya está en el horizonte de nuestro preguntar. Pero ahora nos queda mucho camino para justificar una respuesta… y volvemos ha donde antes ¿Por dónde empezamos? Queremos conocer el hombre ¿Y qué es el hombre? Es evidente que ya sabemos algo de el, pero si queremos proceder sistemáticamente debemos acertar en el punto de partida… esta es la pregunta ¿De donde partimos ahora para conocer al hombre?
Marcos Emmanuel Pujol
Nos la jugamos en el punto de partida. Fíjate que el misterio del hombre se manifiesta allí donde hay un anhelo. Permítaseme no abandonar el acontecimiento de Belén que vamos a celebrar estos días. En Belén hay agudos anhelos: María es la mujer que “espera un acontecimiento divino”, porque siente profundamente el mal que aflige a la humanidad. Los pastores, sin demasiadas formulaciones filosóficas, eran hombres que concentraban el anhelo de la humanidad de encontrar la luz, de ser redimida, de hallar el sentido de la vida. Los magos eran hombres de ciencia dedicados a la investigación de los secretos del cosmos y del hombre. Deseaban conocer la verdad y el sentido. Belén es un rayo de luz anhelante. Y es el “anhelo humano” el que conduce al misterio del hombre. Pienso que en el deseo podemos hallar el punto cero para poder “iniciar” nuestro viaje a través del ser humano. En este sentido sería bueno dar la mano al gran Agustín. Él era un “corazón inquieto”. ¿Qué te parece Emmanuel? ¿Por qué no nos detenemos en el deseo humano? ¿No te parece que podría ser nuestro punto de partida para conocer más profundamente al hombre? Descartes, en sus inicios del filosofar, esquivó el deseo y partió del pensar. Pero, ¿no es primordial el deseo respecto al pensar? Detengámonos ahora por breves instantes en el respirar. Es básico para vivir. Si dejo de respirar, muero. El niño, cuando sale del seno materno, “lucha por respirar”…, es decir, “desea vivir”. La vida humana comienza con un llanto. No es el llanto del hombre angustiado. Es el llanto de la lucha por la vida. Es la primera articulación biológica del deseo. El deseo vital es la primera nota antropológica. Respiro. ¿No es la función vital básica que expresa nuestro fundamental deseo de vivir? Inspiro el aire por la nariz para vivir: deseo vivir, por esto inspiro. Y para respirar, también hay el movimiento de la espiración: dejo salir el aire por la boca. Tal movimiento expresaría el cumplimiento o aquietamiento del deseo. Aparece aquí una dualidad fundamental: deseo (nariz) – reposo (boca) , inspiración – espiración. Aquí encontramos una clave hermenéutica para comprender al hombre. Respiramos: deseamos; y buscamos aquietar el deseo. En Belén se escuchó un llanto. Nuestro blog empieza a respirar. El hombre “desea”, es “luz de anhelo” (es la esencia antropológica de la Navidad). ¿No piensas, Emmanuel que debemos detenernos un poco en la realidad de nuestros deseos? Mis “mejores deseos” para estas Navidades…
Ignasi Fuster
SINTESIS
Bien, el punto de partida es el deseo, porque es evidente que todo hombre desea y por esto vive inquieto. Ciertamente el deseo nos situa ante nosotros como seres inacabados. De alguna manera nos da un sentido, tendemos por el hacia un fin deseado, en el cual reposar definitivamente de nuestra inquietud. Por esto es conveniente distinguir aquellos deseos, que una vez satisfechos no sacian nuestra capacidad de desear, del deseo último… Si deseamos porque somos inacabados, lo que en último término deseamos es ser acabados, es sin duda un anhelo de plenitud vital, de perfección y eternidad… parece que es de este modo como el deseo nos conduce al misterio del hombre. Mirando a Belén ¿Estará nuestro deseo unido al destino de aquel niño que nació de la Siempre Virgen María? He aquí las palabras del Ángel a José “Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque el salvará a su pueblo de sus pecados” Mt 1,21. ¿Y que es el pecado sino lo que nos merece la muerte? ¿Que será entonces la salvación de nuestros pecados? ¿No corresponde nuestro deseo último al destino de aquel Niño?
Marcos Emmanuel Pujol
¿Por dónde empezamos ? ¿Tiene sentido la cuestión del hombre?
Diciembre 9, 2009
Agradezco a Emmanuel el reto de iniciar este “diálogo trascendental” sobre el hombre. “Busco al hombre, busco al hombre”. Estas palabras se atribuyen a Diógenes. Era un hombre de signos. Un día lo encontraron de noche, con un farol en la mano, pronunciando estas palabras. Quizás éste sea el cometido de “este blog”: en medio de la “noche de nuestro tiempo”, intentar iluminar el misterio del hombre. Pero, ¿por dónde empezamos? La filosofía empieza con la misma pregunta, pero la pregunta entendida como la pregunta interior, es decir, la pregunta que brota desde nuestro interior. Cada hombre se pregunta por sí mismo, se pregunta por su destino: ¿qué será de mí? ¿hacia dónde orientar mi vida? ¿dónde puedo encontrar aquello que me haga verdaderamente hombre? Quizás la pregunta por el destino es más apremiante que la pregunta por el origen (L. Giussani). La pregunta por mí mismo no es meramente racional o académica. Es existencial. Mi existencia distendida en el tiempo es una incesante pregunta por mí mismo. Y toda mi existencia es una incesante búsqueda de respuesta. La experiencia vital es fundamental para comprenderse. El hombre se va comprendiendo a lo largo de su vida. “Todas las circunstancias humanas son ocasión para el juicio antropológico”. Pienso que la pregunta por el hombre es ineludible y forma parte del hombre. Un hombre que no se pregunta por sí mismo es un hombre “muerto”. Vive el hombre que mantiene viva la pregunta. En este sentido, Diógenes era un hombre vivo e inquieto. Todos los filósofos han sido seres inquietos. A veces nos centramos demasiado en sus respuestas, pero es importante captar sus preguntas, sus problemas, sus dilemas: ¡su espíritu filosófico!, para poder comprender más profundamente sus respuestas. Y las grandes preguntas por el hombre se mantienen vivas a lo largo de la historia. Quizás ahora nos encontramos en un momento “flojo” filosóficamente. Pero este blog pretende volver a suscitar la pregunta por el hombre. ¡Gracias Emmanuel! Así, pues, yo diría que empezamos con la pregunta. Preguntarnos por nosotros mismos, ¡es esencial! Más todavía: ¡pertenece a nuestra misma existencia! Para San Agustín la clave para poder entender algo del hombre es “la inquietud del corazón”. También Heidegger decía que “la existencia es preocupación”. La idea del hombre que tenía Nietzsche era la de un “espíritu que desea impetuosamente”. George Steiner dice que el hombre es “un pelegrino de lo absoluto”. Y Víktor Frankl, el psiquiatra prisionero en los campos de concentración, afirma que el hombre es “búsqueda de sentido”. Coincidimos en lo mismo: debemos partir del deseo. El hombre es un ser anhelante. Éste es el camino del hombre y el camino de la filosofía. “Tengo sed”: ésta es la gran afirmación sobre el hombre! (lo dijo Jesús desde la cruz antes de expirar). Yo también tengo sed, Emmanuel, de iniciar este diálogo (no sé a dónde nos llevará). Ahora debemos ir en busca de las aguas… de las preguntas-respuestas. Nos guíe la luz de la razón “abierta” radicalmente a todo, todo, todo lo humano (sin excepción!). ¿No es éste el gran camino de la humanidad? Acercarse al hombre, no para hacerle daño, sino para ayudarle a ser mejor. Ahora que estamos en vigilias de Navidad. Muchos fieles cristianos se acercarán para admirar a un niño, a un hombre. Que la filosofía viva esta Navidad: acerquémonos al hombre. El gran problema sería “la ausencia de la Navidad”: cuando ya no nos admiremos ante el hombre y su misterio. Feliz Navidad para este blog.
Ignasi Fuster
SÍNTESIS
Corríjame si me equivoco, viendo lo dicho se me ocurren estas conclusiones…
- La pregunta es esencial y existencial
- Es esencial porque corresponde a la misma naturaleza racional del hombre. El conocimiento racional está intrínsecamente ligado a la autoconciencia, esto es el conocimiento de la propia existencia, sin el cual no se da conocimiento alguno. Es por la dinámica del mismo conocimiento que el hombre actúa comprendiéndose, y de este modo orienta su vida.
- Todo hombre está obligado a dar una respuesta personal a la cuestión del hombre. Esto es una respuesta que concreta lo general de la pregunta. En este sentido es existencial. La vida misma es la expresión que responde a esta pregunta.
- No obstante, la pregunta tendrá sentido si existe una respuesta. Pues bien puede ser esencial y existencial, y, sin embargo, no existir respuesta. En este caso la consecuencia es gravísima ¡Estaríamos abandonados a una vida absurda!
Creo que estas conclusiones ayudan a sorprenderse ante este gran misterio que estamos tratando, y sobretodo, plantean nuevas cuestiones, aunque también entre ellas se vislumbran posibles soluciones… ¿Existe el Dios creador y Providente? ¿Será posible la Fe en aquel niño que nació en Belén? ¿Podrá ser su vida la respuesta que buscamos? ¿Podemos dar razón de nuestra Esperanza? ¿Es posible el Amor entre los hombres? No quiero adelantarme a dar soluciones, de eso ya estoy convencido que es posible, pero creo que nuestro reto (y quizás el de este blog) está en dar a conocer la Sabiduría de esta Respuesta mostrando su lógica sobrenatural, a la luz de la razón natural. Con esto quiero decir, que si la Fe es verdadera, viendo lo que el hombre es a la luz de la razón natural, aún resplandecerá más su correspondencia al Misterio de Jesucristo. Y una vez la razón abierta a este Misterio Infinito de la Navidad, que es la Encarnación de Dios, Dios hecho hombre, será nuestra razón la iluminada por el Misterio. Feliz Navidad a usted también, mossèn Ignasi.
Marcos Emmanuel Pujol
Emmanuel. He leído tu síntesis. Muy buena y sintética. Me ayudas a comprender mejor mis palabras. Me ha parecido genial aquella intuición fundamental sobre el sentido de nuestro diálogo: mostrar la lógica sobrenatural de nuestro pensamiento natural sobre el hombre. Es una especie de apunte (relación que hemos de mostrar…) hacia el conocimiento que tenemos por la fe: la correspondencia con el misterio de Jesucristo (típico de Gaudium et Spes: el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado; le encantaba a Juan Pablo II). El hombre parece un ser lanzado hacia Cristo (el seguimiento es lo más antropológico!). Cuando Juan, Andrés, Pedro siguen al Señor… eso es antropología. El modo de hacer de Jesús, sus palabras, su transmisión. ¿No sería sorprendentemente divino y profundamente humano? Hemos captado que la antropología nace en Navidad. Los pastores tienen el deseo antropológico. Hay otros que quieren eliminarlo (Herodes and company). No les interesa la verdad del hombre. La Antropología va desde el deseo de los pastores de Belén hasta el Misterio del Verbo Encarnado. Pero ese camino es profundísimo y hay que pensarlo.
Ignasi Fuster