Nuestro campo es el mundo, con ese artículo José Luis Restán nos ofrece una preciosa y lúcida reflexión, que a mi personalmente me ayuda muchísimo para con realismo vivir de verdad en Cristo, afrontar cristianamente la situación actual de laicismo agresivo, sin quedar atrapado en la mera reacción, en el pesimismo o incluso en la propia debilidad de lo que es mi razón de ser la fe; este artículo es una gran oportunidad, por eso lo ofrezco en este blog como tarea apasionante que nos reta en ese tiempo de verano, donde gozamos del don del tiempo, par ir a lo más hondo de lo que vivimos y somos
No es asunto sólo de España, aunque aquí lo estemos viviendo con inquietante vigor. Cuando la hostilidad aprieta sale a relucir lo mejor de la cosecha de la Iglesia, pero también se incuban algunos de sus oscuros fantasmas. Curiosa paradoja que describió con tiralíneas el llorado Henri de Lubac en su prodigiosa Meditation sur l'Eglise.
Seis años de política laicista agresiva y discurso cultural contra la tradición cristiana nos han podido servir para profundizar en la fuente de nuestra fe, nos han podido señalar dónde radica la esperanza que no defrauda y cuál es la victoria cotidiana que ningún poder nos puede arrebatar. Nos han podido hacer más humildes y sencillos, más creativos a la hora de la misión. Pero también nos han podido encerrar en el laberinto de nuestras propias ilusiones, nos han podido encastillar en la ciudadela asediada, han podido cultivar en nosotros una suerte de humor pendenciero y una dialéctica de combate que conducen inevitablemente a la esterilidad y la amargura. Depende de la razón, nutrida y purificada por la fe o autosuficiente incluso cuando se proclama tan católica. Y de la libertad, educada y verificada en la pertenencia a la Iglesia o entendida como coartada para nuestro propio proyecto, aunque se titule eclesial, por supuesto.
Para un cristiano las circunstancias son siempre parte esencial de su vocación. Así que estas duras circunstancias del zapaterismo, del escarnio cultural de la fe y de la creciente condición de minoría de los cristianos en Occidente no son cosas de las que podamos abominar sin más. Conforman más bien un desafío formidable que debería estimularnos como aquel campo de escasos operarios del que habla Jesús en el Evangelio: nuestro campo es el mundo. Por eso es triste comprobar que algunos hagan coincidir la respuesta a este desafío con la cerrazón mental y la rigidez de espíritu, con el apretar los dientes y cerrar las filas. Todo esto tiene muy poco que ver con la confesión heroica de nuestros mártires, con las epopeyas de nuestros misioneros o la grandeza de nuestros Doctores.
"Éste es un momento que exige lo mejor de nuestras fuerzas, audacia profética... y «mostrar al mundo nuevos mundos»". Así ha hablado recientemente Benedicto XVI, el Papa al que algunos aplauden sin leer y del que algunos murmuran aunque lo aplaudan. En su encuentro con los intelectuales en Portugal nos recordaba que el Concilio Vaticano II se celebró con el fin de "infundir en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio". Pero hacerlo no consiste simplemente en tocar las trompetas como en Jericó, esperando que la muralla caiga. Exige paciencia, esfuerzo, reflexión, y sobre todo amor. Ese amor por el corazón doliente y extraviado del hombre actual, que brilla por su ausencia en algunas proclamas autodenominadas "católicas". Las mismas que en su soberbia levantan el dedo acusador hacia quienes tienen la dura encomienda de guiar al pueblo, porque según su estrecha medida son timoratos y poco claros a la hora de custodiar la fe. Triste, añejo y suicida, suena todo ello.
La sacrosanta tarea de custodiar la identidad católica jamás coincide con ese espíritu pendenciero y amargo que tan genialmente retrató De Lubac, sencillamente porque lo había sufrido en sus carnes. Y es que la identidad católica no es un mineral, sino una vida que nace del sí razonable y libremente otorgado a Cristo. No al Cristo que podamos construir en nuestra imaginación (se incline ésta al progresismo o al conservadurismo) sino al Señor resucitado que se hace presente a través de la carne concreta de la Iglesia, conducida por Pedro y sus sucesores. Pobre y rácana identidad si para asegurarla tuviéramos que preservarla del viento y de la lluvia, si hubiésemos de encerrarla en una torre de marfil. Por el contrario la fe se pone en juego en cada circunstancia de la vida para que verifiquemos de nuevo que era cierto lo que un día confió Jesús a los apóstoles: si me seguís tendréis aquí el ciento por uno (con persecuciones) y la vida eterna. Por eso, como decía Mounier, es preciso vivir la fe al aire libre, que es muy distinto de "vivirla por libre".
No es tiempo para levantar una nueva Línea Maginot, sino tiempo para la misión. No podemos limitarnos a lo que ya tenemos, o creemos tener, como propio y seguro: sería una muerte anunciada, por lo que se refiere a la presencia de la Iglesia en el mundo. El diagnóstico, demoledor, es una vez más de Benedicto XVI. Por el contrario, resuena de nuevo el imperativo incómodo de aquel pescador de Galilea: estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere. Y como dice el Papa, todos al final nos la piden, incluso los que parece que no lo hacen. Pero hay que saber escucharlos, hay que aguantar el tirón, hay que amar esta ciudad que nos parece hosca y amenazante, pero que es la nuestra.
Por lo demás, la Iglesia está siempre deshaciéndose y reconstruyéndose, está siempre aprendiendo de nuevo cómo estar presente, cómo hablar a los hombres de cada generación. Y para eso se arriesga (y a veces se equivoca) como cuerpo vivo que es. Para eso genera nuevas formas de vida cristiana y crea nuevas obras de caridad y de cultura, para mostrar la verdad y la belleza del Resucitado, para "mostrar al mundo nuevos mundos". Una experiencia genuinamente católica no se encierra ni se acobarda, como tampoco se diluye ni se entrega. Tiene que detenerse a mirar el campo para descubrir cuanto crece en él, sin establecer previamente quién acogerá y quién rechazará la invitación. Y como dice bellísimamente el Papa, ante los grandes problemas que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo que nos anima: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo". Si no, esta historia hubiese concluido hace ya tiempo.
Extraído de “Páginas Digital” artículo de josé Luis Restán , titulado “Nuestro campo es el mundo” , publicado el 28 de julio del 2010
Revista de prensa
La actitud de los católicos en España de hoy
Me ha llamado la atención este artículo de Alfa y Omega, sobre la actitud de los católicos en la actual situación social y política de España.
La cuestión se viene planteando casi desde el comienzo del Gobierno del Presidente Rodríguez Zapatero, en el año 2004: ¿cuál debe ser la actitud de los católicos españoles ante el rodillo ideológico que, cada vez con más fuerza, atenta contra sus convicciones en el terreno de la familia, la vida y la libertad religiosa y de conciencia?.
En los últimos años los católicos españoles parecen haber abandonado cierta postura acomodaticia, de dejarlo todo a la solución política, es decir tomar conciencia, cada cuatro años de su responsabilizas y votar en consecuencia. La urgencia de la situación actual, esta haciendo que cada vez más personas opten por formarse, escribir a los medios de comunicación, salir a la calle a defender lo propios principios…
En el último Círculo de estudios de crítica política, organizado por la Asociación Católica de Propagandistas de Madrid, el escritor Agapito Maestre afirmó que el cristiano, en la vida pública, <<debe vivir en tensión, permanentemente en conflicto. Se juega la vida en la Historia, en el aquí y ahora. O vive en tensión, o no es cristiano>>.
También defendió el derecho a ejercer la libertad religiosa como fundamento de la misma libertad política; por ello, el cristiano respeta el orden constituido aunque luego pueda también cuestionar las leyes que considera injustas. De este modo, la libertad política es imposible que funcione sin que exista previamente la libertad religiosa y la libertad de conciencia. En caso contrario, ésta sería un sociedad de súbditos, todos iguales y sometidos al poder de turno.
Esta etapa de rodillo ideológico ha servido a los católicos para hacerse conscientes de su responsabilidad en la vida democrática. Cada vez más conocedores de sus derechos están dispuestos a ejercerlos y a defenderlos. El espacio que no ocupas tú por derecho, al final lo acaban usurpando otros. Así, han nacido multitudes de plataformas ciudadanas, y otras que ya existían han visto redobladas su actividad, también el desarrollo de Internet ha permitido que aquel que lo desee pueda estar bien informado.
Y de la formación, a la acción: son muchas las ocasiones en que los católicos han tenido oportunidad de salir a la calle a defender la visión cristiana de la vida, del matrimonio y de la familia; y no solo de manera reivindicativa, sino también de modo festivo.
Frente al desafió que presenta una legislación cada vez más hostil, y un ambiente cultural cada ves más asfixiante, los católicos en España están librando el buen combate de la fe, teniendo siempre presente que <<las ideas no se imponen, sino que se proponen>>. Y al final, aunque todo parezca ir en contra, debemos recordar que Cristo, en la Cruz, no fracasó. La muerte no tiene la última palabra
TERREMOTO EN HAITI
Carlo Espinoza B.
El 15 de Enero, nos despertamos con la noticia que todos los medios de comunicación transmitían incansablemente que Haití, había sufrido un devastador terremoto. La poca información que llegaba de ese país eran a cuenta gotas, porque casi todas las vías de comunicación habían quedado destruidas. Haití, su capital Puerto Príncipe la ciudad más golpeada por el terremoto había quedado en escombros, habían miles de muertos, heridos por todas partes sin atención médica y además personas sepultadas vivas bajo los escombros de las casas y edificios.
Frente al inmenso mal, la gente de todo el mundo ha dado muestra de su solidaridad, las ONG y organizaciones de todo tipo se prodigan en enfrentar la emergencia, voluntarios llegados de todos los lugares del mundo se afanan en el servicio a los necesitados, los diferentes gobiernos donan millones de dólares y euros para la reconstrucción, y los medios de comunicación dedican su programación a la “emergencia de Haití”.
En medio de la mayor destrucción delante del gran sufrimiento, el hombre no puede negar que esta hecho para la vida.
Todos hemos podido ver por las imágenes que nos muestran los medios de comunicación, pero no hemos podido ver el drama que viven los haitianos en la actualidad, es impresionante ver la humildad y fortaleza con que viven esta situación; el silencio de la gente casi enmudecida frente a tanto dolor, los gestos sencillos de ayuda y fraternidad en el compartir los poco que tienen, el dormir en el piso de un plaza o en plena calle sin quejarse o maldecir a nadie, el asumir con fortaleza sus heridas físicas y las heridas aún más fuertes causadas por la muerte de sus seres queridos. Hemos visto también las caritas de esos niños, muchos de hechos han quedado huérfanos, heridos, pero que tienen una sonrisa y el deseo de jugar en los campamentos improvisados, también los cantos profundos de un pueblo que da gracias a Dios por lo que tienen, por la muestra de fraternidad y caridad de personas que no conocen.
INMIGRACION: PROBLEMA O XENOFOBIA
Rosario Barrera
Como inmigrante de hace más de 20 años, viviendo en Europa, y ahora ciudadana española, recuerdo que casi todos inmigrábamos con el visado de turista y al quedarnos a trabajar y vivir aquí, hemos padecido la inmigración irregular; y realizar cualquier tipo de trabajo para poder sobrevivir y también poder ayudar a nuestros familiares que habíamos dejado en nuestro país. Pero si podíamos empadronarnos, para poder tener asistencia sanitaria y escuela para los niños, con el tiempo hemos regularizado nuestra situación; porque en aquellos tiempos España necesitaba de mano de obra y también hemos contribuido en gran medida al saneamiento de las cuentas de la Seguridad Social.
Hacer demagogia con la inmigración en los momentos de crisis es cruel. Ahora aparece un Ayuntamiento que quiere explotar la xenofobia y el pleno de este ayuntamiento de Vic, apoyó por mayoría la nueva normativa que impide el empadronamiento en su municipio a los inmigrantes en situación irregular y así no puedan acceder a los servicio sanitario y de educación; sin pensar que son personas y merecen que se le respeten sus derechos.
El Ayuntamiento de Vic, se acogió a la Ley de Extranjería, pero este texto no regula el padrón municipal.”La Ley de Extranjería” obliga a todos las personas que estén viviendo en territorio español a inscribirse en el padrón”
Esta polémica ha llegado hasta el Congreso, y la Abogacía del Estado, ha ordenado empadronar de todos los inmigrantes.
El Alcalde de Vic Joseph Maria Vila (CIU) ha asegurado que el consistorio “acata aunque no comparte” la “orden”, ya que el Ayuntamiento no tiene la suficiente financiación para cubrir estos servicios.